¿Qué hay detrás del crimen del pastor…?

LUCY-MARTINEZ

Tan carismático como oscuro, tan sencillo como ostentoso, Claudio Martínez fue un pastor cristiano de severas contradicciones, santo para unos, héroe para otros, decepción para unos más, hasta que una mañana insospechada dejó la vida en un ataque brutal, cosido a puñaladas, su cuerpo inerte en medio de un charco de sangre.

Murió de manera por demás violenta, hecho añicos, tasajeado por el filo de un arma blanca, agredido, insultado, presa de la venganza, el resentimiento y el rencor.

Esa mañana —lunes 17—, por quien era y por lo que representaba el líder de la Comunidad de Dios, se sacudió la esfera religiosa y la sociedad de Coatzacoalcos.

Claudio Martínez se hallaba en su hogar, una fastuosa mansión de la colonia Petrolera. Iniciaba su jornada sin advertir su trágico fin. Pasadas de las 7, por lo menos tres individuos irrumpieron en su hogar. Sometieron a su esposa Luz Margarita Enríquez Reyes, quien supuestamente se hallaba en la cocina. La ataron y ahí la dejaron.

Accedieron a la recámara. Ahí lo hallaron. Por las huellas dejadas en sus muñecas, amoratada la piel, se infiere que dos de los sujetos lo tomaron de los brazos. Por lo menos uno más comenzó a picarlo con un cuchillo, a herirlo con saña, sujeto el pastor a una interminable tortura, al tiempo que Claudio Martínez, como podía, hacía por su vida.

Entre un griterío, según la versión filtrada por agentes ministeriales y paramédicos de la Cruz Roja, campearon los reclamos, expresiones de reproche en que se aludía a una conducta que distaba de la coraza moral que suele distinguir a un ministro religioso.

Minutos después, Claudio Martínez exhalaba su último aliento. Le habían asestado 26 puñaladas —otra versión refiere que fueron 36—, algunas de ellas en la espalda; una más en la frente, casi entre ceja y ceja; otras en la ingle, que dio pie a la especulación de que había sufrido mutilación de sus genitales, cercenados el pene y los testículos; la más grave en el cuello, que le cortó la vena yugular hasta precipitar el desangramiento. Las fotografías del muerto y de la escena del crimen son un auténtico espectáculo dantesco.

Hacia las 9 de la mañana, llegó a la mansión del pastor la empleada doméstica, Evangelina Martínez Porfirio. Al ver a la pastora Lucy en la cocina, procedió a desatarla y retirarle la mordaza que le impedía gritar. Llegó a la recámara de los niños y ahí estaba el cuerpo de Claudio Martínez. Le informó a su patrona que estaba en un charco de sangre y ésta hizo una llamada a la Cruz Roja.

Sin vigilancia, no se sabe si existían cámaras para registrar en video cualquier movimiento extraño. Inicialmente se dijo que Lucy Enríquez advirtió que dos hombres cubiertos del rostro la sorprendieron en la cocina. Ahora se sabe que eran por lo menos tres atacantes.

Deslizada como una primera hipótesis, la versión del robo se vino a tierra por razones elementales: no robaron nada.

Lujosa, ostentosa, la vivienda está atestada de objetos de valor. Pudiendo disponer de relojes, joyas, de los autos, un deportivo y una camioneta Mercedes, todo quedó ahí. Una versión que circula en el medio judicial advierte que en el interior del hogar había varios fajos de billetes, presumiblemente millones de pesos, de los que, al parecer, nadie dispuso.

Quizá por ello, con la palidez que acostumbra imprimirle a sus palabras, el procurador Felipe Amadeo Flores Espinosa, en visita relámpago a Coatzacoalcos, ofreció una conferencia de prensa tan solo para leer un comunicado, sin aceptar preguntas. Ahí dijo, la tarde del crimen, que se investigaba el robo como principal móvil, sin descartar otras líneas. “No quedará impune”, dijo como presagio de que ya valió el caso, signo clásico de la pesadilla duartista.

Montado en la saña y en el odio extremo, aquello fue un crimen pasional o fue hecho aparecer como un crimen pasional. De Claudio Martínez los matones no querían sus bienes, su dinero, sino su vida, arrancada a golpe de sangre. Fueron por él y lo masacraron.

Especialmente cuidada, la investigación ministerial apenas tiene una cuantas fisuras. Cerrados los canales de información, con cuentagotas los datos que se publican en la prensa, se ha propiciado especulación y afanes morbosos.

Insólito es, por ejemplo, que 48 horas después del crimen, la testigo clave, la hoy viuda Lucy Enríquez, no había declarado ante el Ministerio Público, desdeñosa con el citatorio que se le remitió para comparecer la tarde del lunes 17. Se le respetó el luto, el dolor y se le dejó atender el sepelio, aún a sabiendas que se violaba el procedimiento.

Diversos correos electrónicos, suscritos incluso por ciudadanos que se asumen creyentes, llegados al correo de este reportero, reclaman por qué Lucy Enríquez no pide justicia como sí lo hacen los integrantes de la Comunidad de Dios.

Textualmente, dice uno de ellos, recibido a la medianoche del miércoles 19:

“Inexplicable la actitud de la esposa de Claudio Martínez, quien se rehusa a declarar de como murió su esposo el lunes pasado en el interior de su casa.

“¿Por qué la “pastora” Luz no quiere declarar? ¿Por qué anda tan tranquila, y no pide que se investigue la muerte de su esposo, Claudio?

“¿Por qué no clama justicia como nosotros lo hacemos?”.

Advierten un operativo para bloquear la investigación ministerial, presiones a la Procuraduría de Veracruz, incluso amenazas “para que Luz Margarita no declare”.

“Por qué las autoridades no la obligan a declarar”, se cuestiona.

Por lo pronto, Cash Luna, líder máximo de la Comunidad de Dios, afamado predicador guatemalteco, ya dibujó la suerte de su iglesia. Instó a sus feligreses a seguir al lado de su pastora, Lucy Enríquez, “una magnífica predicadora, magnífica persona, una gran madre y una gran esposa. Por lo tanto hay que continuar para adelante esta obra”.

Pastor controvertido, Claudio Martínez fue para un sector de sus feligreses un santo que los salvó del pecado, que los libró del alcoholismo, que los alejó de una vida de odio y les enseñó el camino de la salvación espiritual.

Otros lo vieron como producto de la mercadotecnia, falso profeta que vivía inmerso en el culto la personalidad, su imagen y la de esposa en anuncios espectaculares, en camiones urbanos, en su horario de televisión, en videos, con movimientos estudiados, como si fuera Cash Luna en el cuerpo de Claudio Martínez, con sonrisa fresca, pulcramente vestido.

Ostentoso, no era el pastor que reduce su vida a una condición de humildad, como en la que se dio la vida de Jesucristo. Su mansión millonaria y sus autos lujosos, hicieron palidecer a los adinerados de Coatzacoalcos. Pudo construir a todo lujo una sede para su Comunidad de Dios, entre cuya feligresía se hallan empresarios y políticos, y trascendía que lo que fue Medicentro, un hospital malogrado de los años 80, sería el nuevo templo. En unos cuantos años, Claudio Martínez desarrolló un potencial económico que provocó el recelo de muchos, cristianos, católicos y no creyentes.

Hay otras historias en el archivo, su trato personal, sus gustos, sus afanes, sus obsesiones, los daños colaterales que dejó en el camino, donde ahora escudriña la autoridad judicial para hallar la causa y robustecer la hipótesis del crimen pasional, si es que fue pasional.

¿Y si no lo es?

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